
Hoy me he tomado el día libre, lo que no quiere decir que no trabaje, sino que lo haré de otra forma.
Las jornadas maratonianas tienen a su favor que te obligan a ejercitarte como si fueses un atleta preparando una carrera, te elevan la adrenalina y te permiten manejar a la vez muchos temas diferentes. ¿En su contra? Que cuando llevas mucho tiempo así, las neuronas se acoplan al ritmo frenético y dejan de lado lo que no es estrictamente necesario.
¿Cómo compatibilizar ambas situaciones? Con un día como el de hoy, en el que gracias a los smartphones puedo contestar correos o resolver cuestiones urgentes desde el parque, la biblioteca o dando un paseo por mi rincón favorito mientras huelo la hierba recién cortada, escucho el susurro de las páginas al pasar, o me doy cuenta de ¡cómo se ha vestido ese señor...
La cuestión es que si no oxigeno el cerebro de vez en cuando no puedo ser creativa ni reenfocarme, y es tan fácil perder el bosque entre los árboles... Así que hoy, aire fresco (bueno, no tan fresco, que en estas tierras el verano ha llegado como un mazazo).


